El convulsionado
milenio se ha caracterizado por el estrés laboral, el que se desencadena por
causa directa del desempeño de una profesión determinada. El estrés es un
estado de activación física y psicológica relacionada con el esfuerzo necesario
para hacer frente a las demandas ambientales, pero cuando este estado se hace
crónico tiene repercusiones negativas en la salud. ¡Ojo! Cuando se hace
crónico, es decir, que no pasa, que permanece.
Cabe mencionar un
dato relevante. No se trata de decir que entre los profesionales afectados los
profesores son los más estresados trabajadores, sino que además de eso se
registra en ellos un porcentaje de depresión mayor que el de otros segmentos de
la población. Pero cómo llegamos a quemarnos? Hagamos un ejercicio de
comparación. Imaginemos que vamos muy emocionados a un paseo a la playa, luego
tomamos el sol tendidos en la arena, dejamos pasar el tiempo expuestos, sin
bloqueador solar, sin hidratación; recordemos que comenzamos a broncearnos y
sin darnos cuenta poco a poco terminamos con un gran enrojecimiento, o una
fuerte insolación, no se tomaron las previsiones necesarias en un paseo que se
inició con mucho entusiasmo. De igual manera, en nuestro trabajo comenzamos a
manifestar determinados síntomas debido a diversos factores: psicosociales,
económicos, ambientales, que repercuten en nuestras acciones y conducta los
cuales poco a poco se incrementan y a los cuales debemos prestar la debida
atención.
Ese burnout, el
estar quemado o apagado, implica que el profesor se sienta cansado, sin
energía, insatisfecho con su trabajo. Se presenta en el profesor que critica
mucho el trabajo, la forma en que se hace esto o aquello, los métodos de
enseñanza, las formas de programar, etc. pero que no es proclive a hacer un
cambio y marcar la diferencia. Es como que mucho critica, pero se queda
sentadito con los brazos cruzados. “Es que es así y no se puede cambiar” es la
excusa de estos docentes.
Y se crea un círculo vicioso… no me
gusta cómo se hacen las cosas, estoy harto, pero no puedo hacer nada, y las
cosas seguirán empeorando… ¿acaso no es estresante vivir y, lo que es peor,
trabajar pensando en que nada de lo que hagamos vale la pena para mejorar y
cambiar? El sólo pensarlo es estresante.
Si usted, querido profesor que visita
este espacio, presenta los siguientes síntomas, por favor, busque ayuda profesional:
- Sentirse mal pagado y sobrepasado por el trabajo
- Sentir que no se tiene un vínculo con el lugar en el que se trabaja
y con la gente con la que compartimos el trabajo
- Sentirse incapaz de hacer frente a problemas de indisciplina, a
estudiantes con necesidades educativas especiales o al trabajo burocrático
(el administrativo-pedagógico como la planificación, los informes y las
programaciones de corto plazo: unidades, sesiones o actividades, proyectos
o módulos)
- Sentirse cansado, irritado o deprimido al acabar la jornada laboral
(uf! por fin terminó el día… pero mañana aún es martes!!! Sábado, ven
rápido!!!)
- Faltar al trabajo frecuentemente debido a problemas leves de salud,
como resfriados… es decir, cualquier cosa se me ocurre para dejar de ir a
trabajar… es insoportable!!!
Alguien tal vez
pregunte ¿Por qué les pasa eso a los profes si su profesión es tan fácil? .
Para comenzar, mucha gente
experimenta pánico escénico al estar frente a diez personas y dirigirles la
palabra, responder consultas o simplemente ser observado por largo rato por
mucha gente. Otra, manejar a más de diez seres humanos que tienen cada uno una
forma de ser y pensar, y lo que es más pesado, una crianza y un comportamiento
que moldear o educar, no es simple.
Saludo a los
profesores que a pesar de las dificultades siguen adelante y tratan de hacer
que las cosas caminen, a los que se arriesgan a los cambios y a los que se
conectan con los estudiantes de manera que el salón se convierte en un ambiente
de debate y de aprendizaje.
María, J. Torres, S.
Doctorado
en Ciencias de la Educación.
Universidad Nacional Experimental Rómulo
Gallegos

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